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La falsa palabra

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Ensayos sobre la instrumentalización del lenguaje.

Armand Robin.

Nacido en 1912 en la Bretaña Central (Francia), en el seno de una familia de modestos agricultores, Armand Robin fue poeta, ensayista y traductor; se consideraba a sí mismo como un «experto en cháchara». Inventó su propio oficio «oyente de radios extranjeras» y trabajó en él a la vez que redactó periódicamente su Bulletin d´Ecoutes. Fue traductor de al menos 20 lenguas y oyente de unas 41. Hizo cuanto estuvo en su mano por figurar en todas las listas negras que circulaban en su época, y evidentemente lo consiguió. Colaboró con diversas publicaciones (Europe, Comoedia, Combat, Le libertaire, 84, Preuves, La Revue de Paris...), y publicó Le Temps qu´il fait, Poésie Non Traduite, Ma Vie Sans Moi y Les Poèmes indesirables además de La falsa palabra, libro ya mítico, que es considerado como su obra más deslumbrante. Murió en París en 1961.

[...] La propaganda, bien abordada, puede ser definida como la traducción patente de los deseos diversos pero parecidos que guían a las colectividades humanas actualmente en presencia y en conflicto. En un mundo esencialmente movido por la voluntad de poder (y no sólo, como se admite generalmente, por intereses económicos), la propaganda se convierte en el hecho que sin cesar traiciona las fuerzas ocultas y camufladas; estudiarla en tanto que hecho, es ponerse fuera automáticamente de ella y es sopesar la realidad del mundo actual; el examen crítico de la propaganda se vuelve de ese modo, casi en el sentido religioso, una «revelación». [...]

La falsa palabra es un conjunto de textos aparentemente dispares cuyo objetivo común es el de denunciar, desmontar, descifrar y combatir los mecanismos de la propaganda.

[...] ¿Cómo no percibir, a la larga, que trataba con un mundo hechizado, en el sentido más estricto del término? Una importante parte del género humano, a través de las propagandas radiodifundidas día y noche durante años, e incluso durante decenas de años, bajo una forma en donde nunca cambia nada, me parecía que había sido repentinamente aferrada, fijada en su sitio, condenada a la repetición permanente y automática de las aseveraciones que tenía en el momento en que fue sorprendida, por siempre impotente para salir del círculo de los maleficios; por añadidura, cuando dejaba la escucha de las radios, encontraba diariamente a personas conocidas que ya no reconocía, pues después de las fórmulas de salutación y del «me alegro de volverlo a ver» oía caer de sus labios, como gotas de una lluvia grosera, las palabras telearrojadas. Una coagulación de todo lo real en grutas mortales, una gelificación de toda la vida en encantamientos glaciales, en estalactitas y estalagmitas en cuyos deshilachamientos se mueve en un va-y-ven de aureolas inquietante no se sabe qué materia extrahumana; he ahí lo que, a través de esos gigantescos desparramamientos de palabras, me parecía un intento universal. El tam-tam de la incoherencia mental resuena hasta en el más recóndito pueblo; en las aldeas se ve agruparse a los hechizados, ponerse en marcha con pasos mecánicos, silabeando como sonámbulos las fórmulas destinadas a mantenerlos en estado de alienación; se les deja desplazarse como objetos mágicos, uno se conforma con cederles el paso. [...]

Pepitas de calabaza ed., Logroño 2007
192 págs. Rústica 17x12 cm
ISBN 978-84-88455-98-7

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