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Musa libertaria: arte, literatura y vida cultural del anarquismo

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Lily Litvak

La anónima contratapa postula que en relación al pueblo llano, el anarquismo produjo "una transformación cultural equivalente a la que, para la clase burguesa, representó la Ilustración del siglo XVIII". Aunque ambiciosa, la afirmación emboca en el papel activo que, sobre todo en Europa, correspondió al movimiento libertario en la alfabetización y la promoción cultural obrera. Pero el objetivo de este largo estudio de Lily Litvak –reconocida especialista en el novecientos hispanoamericano–, no es evaluar la incidencia ácrata en la creación de bibliotecas o editoriales populares. Su foco se detiene en el lapso de intensa agitación social que va de 1880 a 1930, cuando el arte anarquista funciona como un arma contra el estado de cosas para "lograr la sociedad perfecta". Tampoco procura atender los productos artísticos más relevantes o los autores más destacados, aunque a veces comparezcan. En rigor, las fronteras entre "arte" y "propaganda" son borrosas en los materiales nada canónicos analizados (poemas, relatos, teatro, carteles y dibujos) que, en su mayor parte, "no han alcanzado una plenitud formal". Esto no impide que la autora los observe con admiración y aun con reverencia, porque "un cierto vigor original, un soplo de grandeza parece brotar de su generosa fe y entusiasmo revolucionario". La producción cultural del anarquismo español se atiende en especial a través de sus eficaces revistas, donde se concentran estos discursos de valor estético e ideológico que, desde una mirada contemporánea, resultan paradójicamente arcaicos y estimulantes.

La seriedad académica con que Litvak trabaja los documentos no bloquea la recreación amena de diferentes caras de la época. Repasa los tópicos del pensamiento anarquista en relación con el campo artístico: la sociedad ideal como "el jardín de la Acracia", que restaura la posibilidad del trabajo armónico y el consumo equitativo de los bienes de la tierra; los enemigos del pueblo –el capital, la religión y el ejército– caricaturizados con trazos gruesos con una finalidad didáctica; la dignificación de la figura del obrero y hasta el prescriptivo embellecimiento de su labor; el criminal, la prostituta, la mujer, todos ellos víctimas del capitalismo. Mientras tanto, la fábrica y la urbe se enfrentan a la "utopía colectivista rural", si bien el anarquismo español es pionero –en una suerte de "futurismo avant la lettre"– en percibir la máquina y el paisaje industrial como nuevos temas poéticos.

Como la propaganda tiene una función primordial, el arte ácrata acentúa la estética expresionista, a veces figurativa, a veces simbólica, pero siempre destinada a "comunicar el mensaje ideológico de la forma más emotiva posible, y, por ello, el dibujo más eficaz es aquel que requiere menos elaboración para ser comprendido". Por su lado, la literatura anarquista de divulgación tiende al melodrama, mientras que se acerca al folletín por la simplicidad de su lenguaje, por su estructura codificada y la univocidad de la interpretación a la que induce. En relación al sistema religioso, el anarquismo ofrece una sustitución de la fe antes que su anulación, y otro tanto puede decirse en la construcción de un modelo de vida –que involucra el amor, los lazos filiales, la relación con la naturaleza– más atractivo y auténtico que el modelo burgués hegemónico. El "nuevo sistema", en suma, ofrece una alternativa ante el edulcorado mundo que las novelas rosa comenzaban a imponer por aquellos años. "La utopía anarquista –afirma Litvak– debe ser comprendida como metáfora doble, concebida tanto como esperanza como por desesperación", por eso sus imágenes oscilan entre la destrucción y el "el paraíso terrenal". En esa dualidad reside su más fuerte atractivo.

Fundación de Estudios Libertarios Anselmo Lorenzo, Madrid 2001
458 págs. Rústica il. 24x16 cm
ISBN 978-84-86864-46-0

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